Por
pura casualidad, a veces, nos llegan noticias, captamos imágenes, oímos
historias. Cada una de esas informaciones, así, sueltas, sin conexión entre
ellas, provocan una incertidumbre que nos hace reflexionar y buscamos donde
acomodarlas, cómo quién coloca un mueble nuevo en una habitación ya saturada de
objetos, hasta conseguir la ubicación perfecta. Y retrocedemos un paso, o dos,
alcanzando la distancia oportuna que nos permite visualizar el conjunto y
observar que el mueble ha quedado en su justo sitio. O por el contrario,
después de examinar atentamente, comprendemos que por más esfuerzos que
realicemos, por más que lo intentemos, no hay encaje posible.
Esas primicias, de las cuáles uno
es receptor involuntario -porque las recibes mientras viajas en metro y los
pasajeros del asiento de atrás se hacen confidencias sobre infidelidades; o
porque entre tanto desayunas en la cafetería, (aprovechando la media hora del
descanso laboral), desde la caja tonta,
el Noticiario de la mañana te pone al corriente de las guerras y sus miserias;
o cuando tranquilamente, ya en la paz del hogar, echas un vistazo a la prensa y
te entretienes leyendo los artículos que los periodistas tienen a bien insertar
en sus columnas- como digo, esas vicisitudes, se van procesando en tu
subconsciente, iniciándose una concienzuda elaboración de archivos que en el
momento más inesperado comienzan a tomar forma, y como si de un gran
rompecabezas se tratará se hacen conexos, unos con otros. Como un experto
tejedor, urdes una trama que, aunque concebida por tu inquieta imaginación, muy
bien podría ser real.
Fue lo que me ocurrió a mí.
A lo largo de mi escueta vida
(digo escueta porque a pesar de ser ya cincuenta los años cumplidos, se me ha
pasado en un soplo y me sorprendo cada día nuevo, sintiendo como un regalo, sus
veinticuatro horas por vivir), he ido recolectando instantes de otros, de gente
desconocida que adolece de nombre propio. Convencida de poseer un don divino fui
creando a unos personajes a los que doté de vida, les insuflé alma, les di una
identidad y los convertí en humanos.
Mi pequeña Olivetti me hubiera acompañado en esta aventura si no fuera por el
avance de la tecnología, que me obliga a tenerla postergada en el último
anaquel de la librería, acariciándola muy de vez en cuanto, para despojarla de
las molestas motas de polvo que en cuanto me descuido, la cubren. El uso de computadoras
de última generación, que para más inri son
portátiles, se ha impuesto. A este invento no se le enredan las teclas,
corrigen tus tildes y con tan sólo un clic
dejan un texto en perfecto estado de revista.
Pues con estas premisas y con mí,
llamémosle fantasía, quimera o entelequia, da igual, conseguí aglutinar unos
excepcionales ingredientes: 100 gramos de amistad, 200 gramos de ayer, 120 gramos de ternura, 150 gramos de deseo,
otro tanto de vehemencia, tres cucharadas soperas de amor, una pizca de rutina
y un pellizco de azar. Todo bien batido hasta conseguir una masa heterogénea.
Al horno con ella, a no más de 200 grados.
¿Tiempo de cocción? ¡Chi lo
sà! Ese dato no lo pienso desvelar.
El pastel, ya está sobre la mesa.
¡Tengan ustedes buen provecho!