martes, 10 de febrero de 2015

Cap. 3

Entre tanto esperaba, a ese nuevo personaje que invadiría su íntima rutina, decidió romper la puerta del comodín de Adela Cabo. Su decisión era irrevocable. Los acontecimientos de las últimas semanas: la madre muerta, el cuadro, el robo…, lograron trastocar su pacifica existencia.
             La extraña evanescencia del lienzo activó sus neuronas, y empezó a espabilar la memoria, creyendo tener en ella, almacenada, la respuesta correcta al dilema. La respuesta se hizo de rogar.
            Cuando vendió la casa de sus padres, después de la muerte de ambos, sólo pudo quedarse con algunos muebles. Su ático, el cual medía ochenta metros cuadrados no daba para mucho, de modo que arrambló con un sofá, dos sillones, la vajilla, el cuadro y el comodín. A este lo colocó frente a los pies de la cama. Era un mueble de caoba, con un inmenso espejo. El tablero estaba protegido por una piedra de mármol rosa. Varios cajoncillos servían para guardar desde unos zarcillos, hasta una peina para el pelo, pasando por pulseras, broches…y hasta ese botón que algún día habría  de volver a coser. Una puertecilla, en medio de ellos permanecía cerrada bajo llave. La llave, nunca la localizó, tampoco tuvo mayor interés en hurgar entre las cosas de su madre. Prefirió dejar la puertecilla como estaba: cerrada.
             Un jarrón de  cerámica blanca, salpicado de flores azules, presidía una de las repisas adosadas en los laterales. “No sé como puedes tenerla ahí”, le dijo Elena Terquillos al enterarse de que el contenido del jarrón eran las cenizas de la fallecida madre. “¿Y dónde ponerlas? ¿En el nicho con los restos de mi padre? Jamás”, le respondió llena de ira.

             Una odiosa sincronía, regía las ordenanzas de la familia. El desayuno a las siete de la mañana; el almuerzo a las dos de la tarde; la cena a las nueve y media de la noche; a las once, todos a dormir, era necesario descansar ocho horas para rendir durante la jornada venidera.
             Los domingos quebrantaban las reglas, estaba permitido quedarse en la cama un poco más: hasta las nueve. A esa  hora, Adela Cabo daba unos golpecitos en la puerta del dormitorio de su hija, para abrirla luego y acercarse hasta su cama. Dejaba dos besos sobre la frente de su pequeña y sentándose junto a ella contemplaba su sueño. Un fugaz instante mágico que se evaporaba cuando la niña entreabría los ojos y, desperezándose, le extendía los brazos esperando ser abrazada.
             Angustias, la criada interna de la casa ya había vuelto de la churrería. El olor a masa frita recorría el pasillo, procedente de la cocina, y el borboteo del chocolate hirviendo en la marmita, avisaba de que el desayuno estaba preparado.
            A las doce en punto, la familia Alhamijo Cabo escuchaba misa en la Catedral.
             Más tarde, un paseo por el centro de la ciudad (si hacía bueno) y regreso a casa para comer el exquisito arroz, cuyo fondo se dejó listo la prudente chacha, a falta de echar los granos del cereal.
             Las tardes dominicales se destinaban a visitar a los abuelos. En orden alternativo, un domingo unos, al siguiente los otros. De este modo, todos tan contentos.
            Y llegaba otra vez el lunes.
             Julia, seguía el álveo decretado. A veces bordeaba las orillas, sin llegar a desbordarse y retornaba al cauce, convencida de que su forma de vida estaba libre de defectos. Hasta que un día se despertó en medio de mil contratiempos, florecían como setas entre los altos árboles de un húmedo bosque. Un bosque repleto de ideas opuestas, innovadoras, transgresoras, que abrían su mente a conceptos tan desconocidos como atrayentes y lógicos. Y descubrió los errores de sus mayores, y se atrevió a juzgarlos en la soledad de su cuarto, y se prometió romper el molde con que la habían creado, y se dedicó a forjar el suyo propio.
             -¡Adela, esta niña no da más que problemas!-refunfuñaba Don Lorenzo Alhamijo, apuntando a su esposa como única culpable de la conducta rebelde de Julita- Siempre hace lo que le viene en gana. Yo, con dieciséis años, obedecía sin rechistar a mi padre.
             Y la no tan niña, al oírlo, arrugaba su frente intentando estrujar sus convicciones y dar con aquella que justificara los razonamientos paternos. Su búsqueda no daba resultados y sintiéndose incapaz, se replegaba en un mundo que había construido a su medida, donde él ya no tenía cabida.
             Tantas normas, tantas restricciones, tantos preceptos, la aturdían y era incapaz de discernir con claridad los deseos de un padre que no la comprendía, que no la aceptaba y pretendía hacer de ella un modelo de mujer, de esas que dóciles  obedecían sin discusión, primero a sus padres y luego a sus maridos. A ella, cuya obsesión era romper esquemas  y conseguir valerse por sí misma, sin depender de pensamientos ajenos, que necesitaba forjar los suyos propios; a ella para quien era vital, el que cada día fuera realmente distinto, porque si no,  agonizaría en medio de la mediocridad.
             Luchaba por ello, fracasando en cada intento y cuando dejaba sobre el regazo de su madre sus lamentos, ésta, resignada le decía “La vida es así, no intentes tú cambiarla, no lo podrás conseguir y sufrirás” ¿Sufrir? , nada de eso, seguiría en sus trece, contra viento y marea.
             Una y otra vez, Don Lorenzo Alhamijo se estampaba en el muro inaccesible que su hija construyó a su alrededor. De tal modo se le presentaba tan escarpado que para intentar salvarlo arremetía contra su esposa. Sin embargo, Adela Cabo, simplemente se limitaba a oírlo en su discurso absolutista y replicaba el alegato con una mirada de cretina sumisión, para luego abandonar la presencia de su esposo ocupándose de sus quehaceres.
             Julita siguió cortando hojas de almanaque, donde tan sólo variaban los años, el diseño de los números y el nombre propio de cada uno de los cientos de santos que conforman el reino celestial. Y sin ser consciente, pasaron los años y una mañana al mirarse al espejo contempló a un ser adulto, cuya alma seguía repleta de sueños. 
             El transcurrir del tiempo, no transformó a Don Lorenzo Alhamijo, quien inalterable, continuaba siendo disciplinado,  extremadamente ordenado, adusto, arisco y fanático intransigente.
             -¿Qué va a ser de ti?- la estaba esperando, era ya bien entrada la madrugada- En esta casa hay unas normas que hay que cumplir. Que no vuelva a repetirse, ¿me oyes? Además, deberías de cambiar de amistades. No te conviene esa pandilla con la que te juntas, son mala compañía.
             Ella tragaba saliva, había logrado escapar de entre el revuelo que se organizó por culpa de la manifestación estudiantil. Tuvo que esconderse con otros compañeros en un garaje particular huyendo de la Policía Nacional, la cual perseguía  a los manifestantes que tomaron las calles al grito de Libertad y Democracia.
             Mientras almorzaban, a los pocos días de las revueltas, en el noticiario de televisión, ponían al corriente a los telespectadores de lo ocurrido. Don Lorenzo, el único con potestad para opinar, de los tres que se sentaban a la mesa, al oír la noticia de la legalización del partido comunista, no pudo contenerse:
            -¡Pero a donde vamos a llegar! Este gobierno no sabe lo que está haciendo.
            -Papá, ellos también tienen derecho ¿por qué no?
             -¿Ellos? ¿Derecho? Derecho a qué. Ellos hundieron a España en la miseria, fueron los culpables de tantas desgracias, tantas muertes. Gracias a grandes hombres, entérate niña,  y con la ayuda de Dios, nuestra patria logró recuperar su unidad, y ahora esos condenados, vagos redomados, vienen reclamando derechos, legalidad…Esos, en lo único que piensan, es en ver la forma de no trabajar y seguir cobrando- la increpó.
             Apabullada, no entendía el destello de las pupilas de su padre, que fijamente la miraban al pronunciar su sentencia.
             Eran ya demasiadas las situaciones tensas entre los dos, tanto que cualquier suceso era motivo de enfrentamiento entre ambos. La mayoría de las veces lo disculpaba, al reconocer la difícil época que le tocó vivir. Otras en cambio, Julia, se rebelaba y discutía. Aquella fue la definitiva.
             -Pero papá, ¿tanto te cuesta admitir que todos, sin excepción, tenemos derecho a tener nuestra propia opinión, a elegir libremente a quién queremos que nos gobierne, a una vida digna con igualdad de oportunidades? ¡Qué importan las ideologías! Es bueno que haya diversidad de pareceres. Estamos cambiando, estamos en transición, el pueblo quiere democracia, y está en cada uno de nosotros el conseguirlo. La tolerancia es la virtud que nos hará ser un gran país- le exhortaba, pero él no atendía a razones.
             -¡Dios Santo, lo que hay que oír! ¿Qué sabrás tú? Todos esos argumentos que manejas no son más que un fraude, desembocaran en un libertinaje, con el que se habrá de terminar con mano dura. ¡Estúpida! Infórmate primero de todo aquel que de verdad luchó por hacer de nuestra patria una sola y libre- hablaba con tanta intensidad que parecía le iba la vida en ello.     
            -¿Otra vez vais a discutir? -intervino la madre- Dejadlo ya.
             -Adela, por favor, no te entrometas. Esta conversación es entre tu hija y yo- interceptó la injerencia de su esposa y prosiguió.
             -No sé a quién has salido tú, a pesar de que he puesto todo mi empeño en darte una buena educación, inculcarte buenos valores, hacer de ti una señorita digna de respeto…A pesar de todo eso, he aquí el resultado: mi hija ve con buenos ojos el regreso de unos parias comunistas. ¡Maldita sea!
            Julia, esta vez, no estaba dispuesta a claudicar.                                          
             -Ser intransigente, ser intolerante… ¿a eso le llamas tú buena educación? Lo siento, papá, pero por más que busco esos valores, que dices haberme dado, no los encuentro. ¿Te atreves a decirle a mamá que esta conversación sólo nos incumbe a ti y a mí? Pues venga, tengamos de una condenada vez una conversación, si realmente eres capaz de mantenerla- temblaba aferrada al tenedor.
             -¡Julia, soy tu padre! A mí no me hables así- sus mejillas se tornaron de rojo y su boca, rebosando de saliva, escupía al gritar.
             -Ya sé que eres mi padre, no estoy discutiendo tu paternidad, lo que pongo en entre dicho es tu forma de ejercerla sobre mí.
             -No te voy a permitir…- no pudo continuar, le cortó la inflexible mirada de su hija, armada de un valor que desconocía poseyera.
             -Sí me vas a permitir, me he ganado a pulso tu permiso-  Se volvió hacia su madre, la cual se disponía a abandonar el comedor -Espera mamá, no te vayas. Tú también formas parte de esta dichosa conversación, aunque papá opine lo contrario.
             Adela Cabo volvió sobre sus pasos, obedeciendo la indicación de su hija, sentándose de nuevo a la mesa, con una de tristeza perfilada en la transparencia verdosa de sus ojos.
             Irremediablemente, la disputa desembocó en una lucha verbal encarnizada, donde cada uno blandía su razón sin comprender la del otro.
             -¡Fuera, fuera de mi vista! ¡No quiero volverte a ver! ¿Quién te has creído que eres, insensata?- le gritó a su hija fuera de sí.
             Julia abandonó el comedor, desalentada. Impotente y muda, volvió su mirada hacia su madre, buscando un poco de indulgencia, pero Adela Cabo no se movió, permaneció sentada ante su plato, meciéndose, ausente, en silencio, clisada.
            Aquella misma noche, Julia Alhamijo, se instaló en casa de Elena Terquillos.

             -Déjame quedarme contigo, será provisional. Mañana mismo me ayudas a buscar un piso de alquiler.