Julia
tenía el día libre, uno de más.
Por escrito y especificando las
causas, había solicitado a su jefe, el cual era muy estricto con las normas,
una jornada de asuntos propios. A regañadientes se lo autorizó, no sin antes
recordarle su obligación de recuperar las horas perdidas. En aquella empresa, la
última semana de cada mes, se destinaba al cierre contable, diligencia inexcusablemente que no entendía de cuestiones
privadas, sólo primaba la cuenta de resultados. Incongruencias de la vida. Ella , había
conseguido vivir sin darle cuentas a nadie, sólo a sí misma, y ahora resultaba
subyugada a un individuo cuyas miras estaban puestas en heredar el negocio. Le
dijo al Sr. Lozano, así se llamaba su jefe, antes de cerrar la puerta del
despacho tras de sí, que no se preocupara, el día treinta tendría sobre su mesa
el tan urgente cierre mensual.
No iba a trabajar, pero a pesar de
ello, se acercó al centro de la ciudad y entró, en el incómodo barecillo, que
esa mañana parecía aún más desangelado. Allí, ya por hábito, hacía un descanso
en su quehacer diario para desayunar media tostada de aceite junto a una taza
de leche, cuya blancura oscurecía con un poco de café, resultando una mezcla
conocida como una manchada. La manchada nunca estaba a su gusto, siempre se la
servían hirviendo, haciendo caso omiso a su indicación de que le añadieran un
chorrito de leche fría.
Las dos puertas de entrada al local
permanecían abiertas, dejando pasar el húmedo frío del invierno y sus
piernas iban quedándose ateridas.
Inconsciente, comenzó a frotarlas intentando que recuperaran la temperatura corporal pero cejó en su
intento. Era inútil tratar de entrar en calor
en medio de aquella corriente.
Enero seguía entrando sin permiso y
helando también sus manos. Mientras, se fijaba en las caras de algunos de los
asiduos clientes. Unos engullían tostadas y café, o zumos; otros, los
solitarios, releían la prensa; los que iban acompañados, charlaban de
banalidades.
Una vez más miro su reloj y comprobó
que pasaban de las 9,45h. Molesta frunció el ceño y volvió la cabeza en busca
de su amigo Antonio Travelsano, quién ya se retrasaba. Estaban citados.
Travelsano era un profesor de
Historia del Arte, restaurador y pintor, se lo presentó su compañera de trabajo
Elena Terquillos. A ambos, a Elena y Antonio, les unía una buena amistad, tan
buena que se diría era más bien íntima, porque en varias ocasiones les habían
visto salir juntos del apartamento de él. Pero Elena se negaba a reconocer su
relación, sin motivo aparente, y cuando se le preguntaba sobre su situación
sentimental insistía: “¡Sólo somos buenos amigos!”
Un cuadro era el motivo de aquella
cita.
Tres días antes, a una hora
intempestiva, el profesor la llamó por teléfono. Le insistió:
-Tenemos que vernos sin falta,
pasado mañana. Tengo algo sobre tu cuadro y no me preguntes qué, sólo te lo
diré cuando nos veamos.
El cuadro le intrigó en exceso, a Travelsano,
la tarde que ella lo invitó a subir a su ático recién estrenado. Al entrar en el
salón Antonio se quedó absorto frente al único cuadro colgado en la pared,
único porque, dadas sus dimensiones, no cabía nada más.
-¿Te
gusta? -sonrió satisfecha.
-¡Es magnífico! ¿Cómo lo has
conseguido? -le interrogó sin dejar de examinar cada pincelada.
-¿Yo? Yo no he tenido nada que ver,
siento defraudarte. Era de mi madre, ella estaba prendada de
la pintura hasta el punto de advertirme, una y otra vez, que no fuera a
deshacerme del cuadro. Estuvo siempre en casa, así que ahí lo tengo, no he
querido desobedecerla -guiñó uno de sus ojos -Además, me acostumbre a verlo y…
me gusta –heló su sonrisa.
-¿Sabes?, me recuerda a las
pinturas de Paul Emile Chabas, un
pintor francés preimpresionista- apuntó con un matiz vacilante, dudaba
de la certeza de su alegato. Por la expresión de sorpresa que se dibujó en el
rostro de su amiga, intuyó que ignoraba de qué estaba hablando y para no
dejarla en evidencia prosiguió diciendo: -Claro que tú no tienes porque conocer
a ese pintor. ¡Esas niñas jugando, son tan reales!..., sobre todo ésta, la que
está lanzando al aire, ¿una piedra?...-titubeó.
-No, no es una piedra, es una taba.
Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero mi madre me contó en una ocasión que
esas niñas están jugando a las tabas. Creo que tú conocerás el juego al que me
refiero -él balanceó su cabeza afirmativamente y la dejó proseguir- Lo curioso,
lo que a mí me llama más la atención es el
color de la taba. Fíjate -y se acercó al lienzo- aunque está deteriorado
por el paso del tiempo, se aprecia su color rojo y brilla por una de sus caras,
donde se refleja el sol, ¿lo ves? Me inquieta cómo se mantiene ingrávida, cómo
se mantiene libre. Sólo la mirada de la niña hace posible que se sujete en medio
de nada-. Su inseguridad, que en un principio la inhibió ante el licenciado en Arte,
fue diluyéndose conforme sus palabras delataban la emoción que sentía al
contemplar la obra.