miércoles, 10 de septiembre de 2014

Cap. 1

Julia tenía el día libre, uno de más.
          Por escrito y especificando las causas, había solicitado a su jefe, el cual era muy estricto con las normas, una jornada de asuntos propios. A regañadientes se lo autorizó, no sin antes recordarle su obligación de recuperar las horas perdidas. En aquella empresa, la última semana de cada mes, se destinaba al cierre contable, diligencia  inexcusablemente que no entendía de cuestiones privadas, sólo primaba la cuenta de resultados. Incongruencias de la vida. Ella, había conseguido vivir sin darle cuentas a nadie, sólo a sí misma, y ahora resultaba subyugada a un individuo cuyas miras estaban puestas en heredar el negocio. Le dijo al Sr. Lozano, así se llamaba su jefe, antes de cerrar la puerta del despacho tras de sí, que no se preocupara, el día treinta tendría sobre su mesa el tan urgente cierre mensual.
            No iba a trabajar, pero a pesar de ello, se acercó al centro de la ciudad y entró, en el incómodo barecillo, que esa mañana parecía aún más desangelado. Allí, ya por hábito, hacía un descanso en su quehacer diario para desayunar media tostada de aceite junto a una taza de leche, cuya blancura oscurecía con un poco de café, resultando una mezcla conocida como una manchada. La manchada nunca estaba a su gusto, siempre se la servían hirviendo, haciendo caso omiso a su indicación de que le añadieran un chorrito de leche fría.
            Las dos puertas de entrada al local permanecían abiertas, dejando pasar el húmedo frío del invierno y sus piernas  iban quedándose ateridas. Inconsciente, comenzó a frotarlas intentando que recuperaran  la temperatura corporal pero cejó en su intento. Era inútil tratar de entrar en calor  en medio de aquella corriente.      
            Enero seguía entrando sin permiso y helando también sus manos. Mientras, se fijaba en las caras de algunos de los asiduos clientes. Unos engullían tostadas y café, o zumos; otros, los solitarios, releían la prensa; los que iban acompañados, charlaban de banalidades. 
            Una vez más miro su reloj y comprobó que pasaban de las 9,45h. Molesta frunció el ceño y volvió la cabeza en busca de su amigo Antonio Travelsano, quién ya se retrasaba. Estaban citados.
            Travelsano era un profesor de Historia del Arte, restaurador y pintor, se lo presentó su compañera de trabajo Elena Terquillos. A ambos, a Elena y Antonio, les unía una buena amistad, tan buena que se diría era más bien íntima, porque en varias ocasiones les habían visto salir juntos del apartamento de él. Pero Elena se negaba a reconocer su relación, sin motivo aparente, y cuando se le preguntaba sobre su situación sentimental insistía: “¡Sólo somos buenos amigos!”
            Un cuadro era el motivo de aquella cita.
            Tres días antes, a una hora intempestiva, el profesor la llamó por teléfono. Le insistió:
            -Tenemos que vernos sin falta, pasado mañana. Tengo algo sobre tu cuadro y no me preguntes qué, sólo te lo diré cuando nos veamos.
            El cuadro le intrigó en exceso, a Travelsano, la tarde  que  ella lo invitó a subir  a su ático recién estrenado. Al entrar en el salón Antonio se quedó absorto frente al único cuadro colgado en la pared, único porque, dadas sus dimensiones, no cabía nada más.
            -¿Te gusta? -sonrió satisfecha.
            -¡Es magnífico! ¿Cómo lo has conseguido? -le interrogó sin dejar de examinar cada pincelada.
            -¿Yo? Yo no he tenido nada que ver, siento defraudarte. Era de mi madre, ella estaba prendada de la pintura hasta el punto de advertirme, una y otra vez, que no fuera a deshacerme del cuadro. Estuvo siempre en casa, así que ahí lo tengo, no he querido desobedecerla -guiñó uno de sus ojos -Además, me acostumbre a verlo y… me gusta –heló su sonrisa.
            -¿Sabes?, me recuerda a las pinturas de Paul Emile Chabas, un pintor francés preimpresionista- apuntó con un matiz vacilante, dudaba de la certeza de su alegato. Por la expresión de sorpresa que se dibujó en el rostro de su amiga, intuyó que ignoraba de qué estaba hablando y para no dejarla en evidencia prosiguió diciendo: -Claro que tú no tienes porque conocer a ese pintor. ¡Esas niñas jugando, son tan reales!..., sobre todo ésta, la que está lanzando al aire, ¿una piedra?...-titubeó.

            -No, no es una piedra, es una taba. Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero mi madre me contó en una ocasión que esas niñas están jugando a las tabas. Creo que tú conocerás el juego al que me refiero -él balanceó su cabeza afirmativamente y la dejó proseguir- Lo curioso, lo que a mí me llama más la atención es el  color de la taba. Fíjate -y se acercó al lienzo- aunque está deteriorado por el paso del tiempo, se aprecia su color rojo y brilla por una de sus caras, donde se refleja el sol, ¿lo ves? Me inquieta cómo se mantiene ingrávida, cómo se mantiene libre. Sólo la mirada de la niña hace posible que se sujete en medio de nada-. Su inseguridad, que en un principio la inhibió ante el licenciado en Arte, fue diluyéndose conforme sus palabras delataban la emoción que sentía al contemplar la obra.