Un
cliente del bar, tan congelado como la mayoría de los parroquianos que
calentaban sus carámbanos estómagos con humeantes cafés, decidió cerrar unas de
las puertas. Casi le da en las narices a un Antonio Travelsano precipitado, él cual
se afanaba en entrar mientras el otro intentaba cerrar.
-¡Por fin apareces! -le espetó
ella.
-Joder, no me hables, el atasco de
la autovía sur era de infarto y luego he tenido que aparcar tres calles más
arriba. -Jadeaba mientras trataba de desembarazarse del abrigo, de la bufanda y
de los guantes.
-Es que hay que madrugar más,
Antoñito mío.
-Sí, tú encima de coña.
Volviéndose a la barra, pidió: -¡Por
favor un café sólo largo!, ¿quieres tú, Julia? -ella asintió- Que sean dos, gracias.
-le aclaró al camarero y resopló al tomar asiento- ¿Cómo lo llevas, te
encuentras mejor?
-Ahí voy, estoy bien, no me quejo.
He estado muy liada terminando de montar el ático, aunque me está costando
acostumbrarme a estar sin mi madre. Todavía alguna tarde, cuando salgo de la oficina, como una
autómata, acelero mi paso para llegar cuanto antes a casa y de pronto me doy
cuenta de que ya no tengo que aligerar para prepararle la cena.
-Es normal, Julia. Ha sido mucho el
tiempo que has estado pendiente de ella. Te habituarás a no tenerla a tu lado,
aunque siempre la echarás en falta. Te lo digo por experiencia. Lo de comprarte
el ático ha sido una buena idea, así te mantienes ocupada.
Adquirir aquel ático fue el mejor remedio
para combatir la melancolía en la que se vio inmersa, Julia Alhamijo Cabo, tras
la muerte de su madre.
Tomó la decisión de buscarse otra
vivienda después de una noche de insomnio, la tercera desde el óbito materno.
No conseguía conciliar el sueño, su cabeza, en plena actividad, saltaba de un
pensamiento a otro, de un recuerdo a otro. Incansable la mortificaba. Se
volvía a un lado, se cambiaba, se ponía bocabajo, luego bocarriba y sus
párpados no se vencían.
De un brinco se incorporó en la
cama y echó los pies al suelo, los que recuperó al momento, abrigándolos entre
sus brazos, al sentir la frialdad de la solería. En un segundo intento de
abandonar la calidez de sus sábanas, buscó sus zapatillas de peluche y se
calzó. Azorada escudriñó el segundo cajón del aparador, donde guardaba la
carpeta de la escritura de aquel piso. Comprobando documentos le amaneció el
sábado. Visitó el banco donde pudo cotejar el estado de su cuenta bancaria y
con el poder que da el saberse respaldado económicamente, se aventuró visitando
las agencias inmobiliarias.
Al mediodía había localizado un
ático. Sin embargo, antes tendría que vender el piso de sus padres, operación
que solventaría la hipoteca que estaba a punto de firmar. El lunes por la
tarde, nada más llegar a la oficina, entró en el despacho del Sr. Lozano y le
solicitó permiso para acudir al abogado.
Cuando se presentó ante el letrado
éste le apuntó que no procediera con tanta celeridad.
-Convendría leer antes el testamento de
Adela Cabo.
Ella no quiso escucharle, no podía
esperar, necesitaba, le urgía vender el piso. Casi le ordenó al letrado la
resolución de las diligencias pertinentes que la acreditaran como propietaria
del inmueble.
El humillo del café con leche se
evaporaba en figuras bamboleantes, retorcidas, a las que Julia intentaba
atrapar entre sus dedos.
-Sí que fue buena idea cambiar de piso, fue lo mejor para romper,
necesitaba cambiarlo todo, volver a estar sola, con mi propio decorado -sonrió-
y como hoy no tengo que volver al trabajo, cuando acabe contigo, voy a comprar
unas cortinas preciosas, ya las tengo vistas. Pero cuéntame, me tienes en
ascuas, ¿qué has descubierto sobre mi cuadro?
-Descubrir, lo que se dice descubrir, nada
sobre su autor, nada sobre su procedencia, pero...
-¿Entonces?- se enfadó.
-Espera, déjame. Te cuento: hemos
conseguido hablar con el responsable del departamento de Impresionismo del
museo del Louvre, monsieur Château.
-¿Qué? ¿Quienes? -abrió sus ojos y
su boca no dando crédito a lo que acaba de oír.
Antonio Travelsano, prosiguió con
toda naturalidad, como si contactar con el Louvre fuera una de sus actividades
cotidianas.
-¡Julia, mujer! déjame decirte. -ella
resopló resignada y él prosiguió- Mi compañero, el decano de la facultad, conoce
muy bien al francés, son amigos, de
manera que ha mediado en el asunto y sólo tuvo que hacer una simple llamada
telefónica y tenía al habla al experto del Louvre. Le explicó que posees un
lienzo que tal vez, sólo tal vez, puede tener un gran valor, que puede ser de
Chabas y se ha interesado por el tema. ¿Por qué te digo tal vez? pues, porque algo no encaja. Un pintor de las características de Chabas no puede
introducir en su lienzo esa escena tenebrosa del fondo: un fusilamiento. Ahí es
donde tengo mis dudas sobre la autoría de la pintura. Los impresionistas lo
llenaban todo de luz, a pesar de que a él se le considera anterior, según
certifican los entendidos en el tema. Son peculiares de ese estilo pictórico,
la escena donde juegan las niñas, con sus ropas sedosas, blancas, con sus
brazos y piernas desnudos, con sus cabellos revueltos y agitados por una suave
brisa; la mujer de la derecha metida en el agua del estanque dejando ver sus
piernas y muslos a través de sus ropas mojadas; el hombre sentado en la ribera,
que contempla a la mujer, extasiado, complacido con tanta sensualidad, reflejando
en su mirada el deseo de poseerla…
-¡Venga ya! Te estás quedado
conmigo, ¿todo eso ves, en mi cuadro? -sonrió suspicaz.
-Sí, todo eso, y hay más. -Travelsano,
aguardó unos instantes antes de continuar, buscaba un tono grandilocuente para
realzar su revelación. -Al describirle la composición del cuadro, el técnico
francés dijo que ese paisaje era real. ¡Existe!
No pudo evitarlo. Al escuchar
aquella afirmación, Julia, espurreó el sorbo de café que acababa de tomar,
dejando la mesa, platos y servilletas, percudidos de gotitas de cafeína
azucarada. Antonio Travelsano consiguió aturdirla, inquietarla, accionó todas
sus terminaciones nerviosas, puso en alerta sus cinco sentidos, y mientras el
hombre se levantaba en busca del camarero, el cual resolvería el desaguisado,
ella permanecía con la taza enganchada en su dedo, traspuesta.
-¿Julia?-le reclamó su amigo,
preocupado.
-¿Qué?-acertó ella a contestar.
-Te has quedado muda y tiemblas,
¿tienes frío?, ¿nos vamos?
-Sí. Vámonos.