martes, 4 de noviembre de 2014

Cap. 2

Un cliente del bar, tan congelado como la mayoría de los parroquianos que calentaban sus carámbanos estómagos con humeantes cafés, decidió cerrar unas de las puertas. Casi le da en las narices a un Antonio Travelsano precipitado, él cual se afanaba en entrar mientras el otro intentaba cerrar.
            -¡Por fin apareces! -le espetó ella.
            -Joder, no me hables, el atasco de la autovía sur era de infarto y luego he tenido que aparcar tres calles más arriba. -Jadeaba mientras trataba de desembarazarse del abrigo, de la bufanda y de los guantes.
            -Es que hay que madrugar más, Antoñito mío.
            -Sí, tú encima de coña.
            Volviéndose a la barra, pidió: -¡Por favor un café sólo largo!, ¿quieres tú, Julia? -ella asintió- Que sean dos, gracias. -le aclaró al camarero y resopló al tomar asiento- ¿Cómo lo llevas, te encuentras mejor?
            -Ahí voy, estoy bien, no me quejo. He estado muy liada terminando de montar el ático, aunque me está costando acostumbrarme a estar sin mi madre. Todavía alguna tarde,  cuando salgo de la oficina, como una autómata, acelero mi paso para llegar cuanto antes a casa y de pronto me doy cuenta de que ya no tengo que aligerar para prepararle la cena.
            -Es normal, Julia. Ha sido mucho el tiempo que has estado pendiente de ella. Te habituarás a no tenerla a tu lado, aunque siempre la echarás en falta. Te lo digo por experiencia. Lo de comprarte el ático ha sido una buena idea, así te mantienes ocupada.

            Adquirir aquel ático fue el mejor remedio para combatir la melancolía en la que se vio inmersa, Julia Alhamijo Cabo, tras la muerte de su madre.
            Tomó la decisión de buscarse otra vivienda después de una noche de insomnio, la tercera desde el óbito materno. No conseguía conciliar el sueño, su cabeza, en plena actividad, saltaba de un pensamiento a otro, de un recuerdo a otro. Incansable la mortificaba. Se volvía a un lado, se cambiaba, se ponía bocabajo, luego bocarriba y sus párpados no se vencían.
            De un brinco se incorporó en la cama y echó los pies al suelo, los que recuperó al momento, abrigándolos entre sus brazos, al sentir la frialdad de la solería. En un segundo intento de abandonar la calidez de sus sábanas, buscó sus zapatillas de peluche y se calzó. Azorada escudriñó el segundo cajón del aparador, donde guardaba la carpeta de la escritura de aquel piso. Comprobando documentos le amaneció el sábado. Visitó el banco donde pudo cotejar el estado de su cuenta bancaria y con el poder que da el saberse respaldado económicamente, se aventuró visitando las agencias inmobiliarias.
            Al mediodía había localizado un ático. Sin embargo, antes tendría que vender el piso de sus padres, operación que solventaría la hipoteca que estaba a punto de firmar. El lunes por la tarde, nada más llegar a la oficina, entró en el despacho del Sr. Lozano y le solicitó permiso para acudir al abogado.
            Cuando se presentó ante el letrado éste le apuntó que no procediera con tanta celeridad.
            -Convendría leer antes el testamento de Adela Cabo.
            Ella no quiso escucharle, no podía esperar, necesitaba, le urgía vender el piso. Casi le ordenó al letrado la resolución de las diligencias pertinentes que la acreditaran como propietaria del inmueble.

            El humillo del café con leche se evaporaba en figuras bamboleantes, retorcidas, a las que Julia intentaba atrapar entre sus dedos.
             -Sí que fue buena idea cambiar de piso, fue lo mejor para romper, necesitaba cambiarlo todo, volver a estar sola, con mi propio decorado -sonrió- y como hoy no tengo que volver al trabajo, cuando acabe contigo, voy a comprar unas cortinas preciosas, ya las tengo vistas. Pero cuéntame, me tienes en ascuas, ¿qué has descubierto sobre mi cuadro?
               -Descubrir, lo que se dice descubrir, nada sobre su autor, nada sobre su procedencia, pero...
              -¿Entonces?- se enfadó.
              -Espera, déjame. Te cuento: hemos conseguido hablar con el responsable del departamento de Impresionismo del museo del Louvre, monsieur Château.
            -¿Qué? ¿Quienes? -abrió sus ojos y su boca no dando crédito a lo que acaba de oír.
            Antonio Travelsano, prosiguió con toda naturalidad, como si contactar con el Louvre fuera una de sus actividades cotidianas.
            -¡Julia, mujer! déjame decirte. -ella resopló resignada y él prosiguió- Mi compañero, el decano de la facultad, conoce muy bien  al francés, son amigos, de manera que ha mediado en el asunto y sólo tuvo que hacer una simple llamada telefónica y tenía al habla al experto del Louvre. Le explicó que posees un lienzo que tal vez, sólo tal vez, puede tener un gran valor, que puede ser de Chabas y se ha interesado por el tema. ¿Por qué te digo tal vez? pues,  porque algo no encaja. Un pintor  de las características de Chabas no puede introducir en su lienzo esa escena tenebrosa del fondo: un fusilamiento. Ahí es donde tengo mis dudas sobre la autoría de la pintura. Los impresionistas lo llenaban todo de luz, a pesar de que a él se le considera anterior, según certifican los entendidos en el tema. Son peculiares de ese estilo pictórico, la escena donde juegan las niñas, con sus ropas sedosas, blancas, con sus brazos y piernas desnudos, con sus cabellos revueltos y agitados por una suave brisa; la mujer de la derecha metida en el agua del estanque dejando ver sus piernas y muslos a través de sus ropas mojadas; el hombre sentado en la ribera, que contempla a la mujer, extasiado,  complacido con tanta sensualidad, reflejando en su mirada el deseo de poseerla…
            -¡Venga ya! Te estás quedado conmigo, ¿todo eso ves, en mi cuadro? -sonrió suspicaz.
            -Sí, todo eso, y hay más. -Travelsano, aguardó unos instantes antes de continuar, buscaba un tono grandilocuente para realzar su revelación. -Al describirle la composición del cuadro, el técnico francés dijo que ese paisaje era real. ¡Existe!
            No pudo evitarlo. Al escuchar aquella afirmación, Julia, espurreó el sorbo de café que acababa de tomar, dejando la mesa, platos y servilletas, percudidos de gotitas de cafeína azucarada. Antonio Travelsano consiguió aturdirla, inquietarla, accionó todas sus terminaciones nerviosas, puso en alerta sus cinco sentidos, y mientras el hombre se levantaba en busca del camarero, el cual resolvería el desaguisado, ella permanecía con la taza enganchada en su dedo, traspuesta.
            -¿Julia?-le reclamó su amigo, preocupado.
            -¿Qué?-acertó ella a contestar.
            -Te has quedado muda y tiemblas, ¿tienes frío?, ¿nos vamos?

            -Sí. Vámonos.