martes, 10 de febrero de 2015

Cap. 3

Entre tanto esperaba, a ese nuevo personaje que invadiría su íntima rutina, decidió romper la puerta del comodín de Adela Cabo. Su decisión era irrevocable. Los acontecimientos de las últimas semanas: la madre muerta, el cuadro, el robo…, lograron trastocar su pacifica existencia.
             La extraña evanescencia del lienzo activó sus neuronas, y empezó a espabilar la memoria, creyendo tener en ella, almacenada, la respuesta correcta al dilema. La respuesta se hizo de rogar.
            Cuando vendió la casa de sus padres, después de la muerte de ambos, sólo pudo quedarse con algunos muebles. Su ático, el cual medía ochenta metros cuadrados no daba para mucho, de modo que arrambló con un sofá, dos sillones, la vajilla, el cuadro y el comodín. A este lo colocó frente a los pies de la cama. Era un mueble de caoba, con un inmenso espejo. El tablero estaba protegido por una piedra de mármol rosa. Varios cajoncillos servían para guardar desde unos zarcillos, hasta una peina para el pelo, pasando por pulseras, broches…y hasta ese botón que algún día habría  de volver a coser. Una puertecilla, en medio de ellos permanecía cerrada bajo llave. La llave, nunca la localizó, tampoco tuvo mayor interés en hurgar entre las cosas de su madre. Prefirió dejar la puertecilla como estaba: cerrada.
             Un jarrón de  cerámica blanca, salpicado de flores azules, presidía una de las repisas adosadas en los laterales. “No sé como puedes tenerla ahí”, le dijo Elena Terquillos al enterarse de que el contenido del jarrón eran las cenizas de la fallecida madre. “¿Y dónde ponerlas? ¿En el nicho con los restos de mi padre? Jamás”, le respondió llena de ira.

             Una odiosa sincronía, regía las ordenanzas de la familia. El desayuno a las siete de la mañana; el almuerzo a las dos de la tarde; la cena a las nueve y media de la noche; a las once, todos a dormir, era necesario descansar ocho horas para rendir durante la jornada venidera.
             Los domingos quebrantaban las reglas, estaba permitido quedarse en la cama un poco más: hasta las nueve. A esa  hora, Adela Cabo daba unos golpecitos en la puerta del dormitorio de su hija, para abrirla luego y acercarse hasta su cama. Dejaba dos besos sobre la frente de su pequeña y sentándose junto a ella contemplaba su sueño. Un fugaz instante mágico que se evaporaba cuando la niña entreabría los ojos y, desperezándose, le extendía los brazos esperando ser abrazada.
             Angustias, la criada interna de la casa ya había vuelto de la churrería. El olor a masa frita recorría el pasillo, procedente de la cocina, y el borboteo del chocolate hirviendo en la marmita, avisaba de que el desayuno estaba preparado.
            A las doce en punto, la familia Alhamijo Cabo escuchaba misa en la Catedral.
             Más tarde, un paseo por el centro de la ciudad (si hacía bueno) y regreso a casa para comer el exquisito arroz, cuyo fondo se dejó listo la prudente chacha, a falta de echar los granos del cereal.
             Las tardes dominicales se destinaban a visitar a los abuelos. En orden alternativo, un domingo unos, al siguiente los otros. De este modo, todos tan contentos.
            Y llegaba otra vez el lunes.
             Julia, seguía el álveo decretado. A veces bordeaba las orillas, sin llegar a desbordarse y retornaba al cauce, convencida de que su forma de vida estaba libre de defectos. Hasta que un día se despertó en medio de mil contratiempos, florecían como setas entre los altos árboles de un húmedo bosque. Un bosque repleto de ideas opuestas, innovadoras, transgresoras, que abrían su mente a conceptos tan desconocidos como atrayentes y lógicos. Y descubrió los errores de sus mayores, y se atrevió a juzgarlos en la soledad de su cuarto, y se prometió romper el molde con que la habían creado, y se dedicó a forjar el suyo propio.
             -¡Adela, esta niña no da más que problemas!-refunfuñaba Don Lorenzo Alhamijo, apuntando a su esposa como única culpable de la conducta rebelde de Julita- Siempre hace lo que le viene en gana. Yo, con dieciséis años, obedecía sin rechistar a mi padre.
             Y la no tan niña, al oírlo, arrugaba su frente intentando estrujar sus convicciones y dar con aquella que justificara los razonamientos paternos. Su búsqueda no daba resultados y sintiéndose incapaz, se replegaba en un mundo que había construido a su medida, donde él ya no tenía cabida.
             Tantas normas, tantas restricciones, tantos preceptos, la aturdían y era incapaz de discernir con claridad los deseos de un padre que no la comprendía, que no la aceptaba y pretendía hacer de ella un modelo de mujer, de esas que dóciles  obedecían sin discusión, primero a sus padres y luego a sus maridos. A ella, cuya obsesión era romper esquemas  y conseguir valerse por sí misma, sin depender de pensamientos ajenos, que necesitaba forjar los suyos propios; a ella para quien era vital, el que cada día fuera realmente distinto, porque si no,  agonizaría en medio de la mediocridad.
             Luchaba por ello, fracasando en cada intento y cuando dejaba sobre el regazo de su madre sus lamentos, ésta, resignada le decía “La vida es así, no intentes tú cambiarla, no lo podrás conseguir y sufrirás” ¿Sufrir? , nada de eso, seguiría en sus trece, contra viento y marea.
             Una y otra vez, Don Lorenzo Alhamijo se estampaba en el muro inaccesible que su hija construyó a su alrededor. De tal modo se le presentaba tan escarpado que para intentar salvarlo arremetía contra su esposa. Sin embargo, Adela Cabo, simplemente se limitaba a oírlo en su discurso absolutista y replicaba el alegato con una mirada de cretina sumisión, para luego abandonar la presencia de su esposo ocupándose de sus quehaceres.
             Julita siguió cortando hojas de almanaque, donde tan sólo variaban los años, el diseño de los números y el nombre propio de cada uno de los cientos de santos que conforman el reino celestial. Y sin ser consciente, pasaron los años y una mañana al mirarse al espejo contempló a un ser adulto, cuya alma seguía repleta de sueños. 
             El transcurrir del tiempo, no transformó a Don Lorenzo Alhamijo, quien inalterable, continuaba siendo disciplinado,  extremadamente ordenado, adusto, arisco y fanático intransigente.
             -¿Qué va a ser de ti?- la estaba esperando, era ya bien entrada la madrugada- En esta casa hay unas normas que hay que cumplir. Que no vuelva a repetirse, ¿me oyes? Además, deberías de cambiar de amistades. No te conviene esa pandilla con la que te juntas, son mala compañía.
             Ella tragaba saliva, había logrado escapar de entre el revuelo que se organizó por culpa de la manifestación estudiantil. Tuvo que esconderse con otros compañeros en un garaje particular huyendo de la Policía Nacional, la cual perseguía  a los manifestantes que tomaron las calles al grito de Libertad y Democracia.
             Mientras almorzaban, a los pocos días de las revueltas, en el noticiario de televisión, ponían al corriente a los telespectadores de lo ocurrido. Don Lorenzo, el único con potestad para opinar, de los tres que se sentaban a la mesa, al oír la noticia de la legalización del partido comunista, no pudo contenerse:
            -¡Pero a donde vamos a llegar! Este gobierno no sabe lo que está haciendo.
            -Papá, ellos también tienen derecho ¿por qué no?
             -¿Ellos? ¿Derecho? Derecho a qué. Ellos hundieron a España en la miseria, fueron los culpables de tantas desgracias, tantas muertes. Gracias a grandes hombres, entérate niña,  y con la ayuda de Dios, nuestra patria logró recuperar su unidad, y ahora esos condenados, vagos redomados, vienen reclamando derechos, legalidad…Esos, en lo único que piensan, es en ver la forma de no trabajar y seguir cobrando- la increpó.
             Apabullada, no entendía el destello de las pupilas de su padre, que fijamente la miraban al pronunciar su sentencia.
             Eran ya demasiadas las situaciones tensas entre los dos, tanto que cualquier suceso era motivo de enfrentamiento entre ambos. La mayoría de las veces lo disculpaba, al reconocer la difícil época que le tocó vivir. Otras en cambio, Julia, se rebelaba y discutía. Aquella fue la definitiva.
             -Pero papá, ¿tanto te cuesta admitir que todos, sin excepción, tenemos derecho a tener nuestra propia opinión, a elegir libremente a quién queremos que nos gobierne, a una vida digna con igualdad de oportunidades? ¡Qué importan las ideologías! Es bueno que haya diversidad de pareceres. Estamos cambiando, estamos en transición, el pueblo quiere democracia, y está en cada uno de nosotros el conseguirlo. La tolerancia es la virtud que nos hará ser un gran país- le exhortaba, pero él no atendía a razones.
             -¡Dios Santo, lo que hay que oír! ¿Qué sabrás tú? Todos esos argumentos que manejas no son más que un fraude, desembocaran en un libertinaje, con el que se habrá de terminar con mano dura. ¡Estúpida! Infórmate primero de todo aquel que de verdad luchó por hacer de nuestra patria una sola y libre- hablaba con tanta intensidad que parecía le iba la vida en ello.     
            -¿Otra vez vais a discutir? -intervino la madre- Dejadlo ya.
             -Adela, por favor, no te entrometas. Esta conversación es entre tu hija y yo- interceptó la injerencia de su esposa y prosiguió.
             -No sé a quién has salido tú, a pesar de que he puesto todo mi empeño en darte una buena educación, inculcarte buenos valores, hacer de ti una señorita digna de respeto…A pesar de todo eso, he aquí el resultado: mi hija ve con buenos ojos el regreso de unos parias comunistas. ¡Maldita sea!
            Julia, esta vez, no estaba dispuesta a claudicar.                                          
             -Ser intransigente, ser intolerante… ¿a eso le llamas tú buena educación? Lo siento, papá, pero por más que busco esos valores, que dices haberme dado, no los encuentro. ¿Te atreves a decirle a mamá que esta conversación sólo nos incumbe a ti y a mí? Pues venga, tengamos de una condenada vez una conversación, si realmente eres capaz de mantenerla- temblaba aferrada al tenedor.
             -¡Julia, soy tu padre! A mí no me hables así- sus mejillas se tornaron de rojo y su boca, rebosando de saliva, escupía al gritar.
             -Ya sé que eres mi padre, no estoy discutiendo tu paternidad, lo que pongo en entre dicho es tu forma de ejercerla sobre mí.
             -No te voy a permitir…- no pudo continuar, le cortó la inflexible mirada de su hija, armada de un valor que desconocía poseyera.
             -Sí me vas a permitir, me he ganado a pulso tu permiso-  Se volvió hacia su madre, la cual se disponía a abandonar el comedor -Espera mamá, no te vayas. Tú también formas parte de esta dichosa conversación, aunque papá opine lo contrario.
             Adela Cabo volvió sobre sus pasos, obedeciendo la indicación de su hija, sentándose de nuevo a la mesa, con una de tristeza perfilada en la transparencia verdosa de sus ojos.
             Irremediablemente, la disputa desembocó en una lucha verbal encarnizada, donde cada uno blandía su razón sin comprender la del otro.
             -¡Fuera, fuera de mi vista! ¡No quiero volverte a ver! ¿Quién te has creído que eres, insensata?- le gritó a su hija fuera de sí.
             Julia abandonó el comedor, desalentada. Impotente y muda, volvió su mirada hacia su madre, buscando un poco de indulgencia, pero Adela Cabo no se movió, permaneció sentada ante su plato, meciéndose, ausente, en silencio, clisada.
            Aquella misma noche, Julia Alhamijo, se instaló en casa de Elena Terquillos.

             -Déjame quedarme contigo, será provisional. Mañana mismo me ayudas a buscar un piso de alquiler.

martes, 4 de noviembre de 2014

Cap. 2

Un cliente del bar, tan congelado como la mayoría de los parroquianos que calentaban sus carámbanos estómagos con humeantes cafés, decidió cerrar unas de las puertas. Casi le da en las narices a un Antonio Travelsano precipitado, él cual se afanaba en entrar mientras el otro intentaba cerrar.
            -¡Por fin apareces! -le espetó ella.
            -Joder, no me hables, el atasco de la autovía sur era de infarto y luego he tenido que aparcar tres calles más arriba. -Jadeaba mientras trataba de desembarazarse del abrigo, de la bufanda y de los guantes.
            -Es que hay que madrugar más, Antoñito mío.
            -Sí, tú encima de coña.
            Volviéndose a la barra, pidió: -¡Por favor un café sólo largo!, ¿quieres tú, Julia? -ella asintió- Que sean dos, gracias. -le aclaró al camarero y resopló al tomar asiento- ¿Cómo lo llevas, te encuentras mejor?
            -Ahí voy, estoy bien, no me quejo. He estado muy liada terminando de montar el ático, aunque me está costando acostumbrarme a estar sin mi madre. Todavía alguna tarde,  cuando salgo de la oficina, como una autómata, acelero mi paso para llegar cuanto antes a casa y de pronto me doy cuenta de que ya no tengo que aligerar para prepararle la cena.
            -Es normal, Julia. Ha sido mucho el tiempo que has estado pendiente de ella. Te habituarás a no tenerla a tu lado, aunque siempre la echarás en falta. Te lo digo por experiencia. Lo de comprarte el ático ha sido una buena idea, así te mantienes ocupada.

            Adquirir aquel ático fue el mejor remedio para combatir la melancolía en la que se vio inmersa, Julia Alhamijo Cabo, tras la muerte de su madre.
            Tomó la decisión de buscarse otra vivienda después de una noche de insomnio, la tercera desde el óbito materno. No conseguía conciliar el sueño, su cabeza, en plena actividad, saltaba de un pensamiento a otro, de un recuerdo a otro. Incansable la mortificaba. Se volvía a un lado, se cambiaba, se ponía bocabajo, luego bocarriba y sus párpados no se vencían.
            De un brinco se incorporó en la cama y echó los pies al suelo, los que recuperó al momento, abrigándolos entre sus brazos, al sentir la frialdad de la solería. En un segundo intento de abandonar la calidez de sus sábanas, buscó sus zapatillas de peluche y se calzó. Azorada escudriñó el segundo cajón del aparador, donde guardaba la carpeta de la escritura de aquel piso. Comprobando documentos le amaneció el sábado. Visitó el banco donde pudo cotejar el estado de su cuenta bancaria y con el poder que da el saberse respaldado económicamente, se aventuró visitando las agencias inmobiliarias.
            Al mediodía había localizado un ático. Sin embargo, antes tendría que vender el piso de sus padres, operación que solventaría la hipoteca que estaba a punto de firmar. El lunes por la tarde, nada más llegar a la oficina, entró en el despacho del Sr. Lozano y le solicitó permiso para acudir al abogado.
            Cuando se presentó ante el letrado éste le apuntó que no procediera con tanta celeridad.
            -Convendría leer antes el testamento de Adela Cabo.
            Ella no quiso escucharle, no podía esperar, necesitaba, le urgía vender el piso. Casi le ordenó al letrado la resolución de las diligencias pertinentes que la acreditaran como propietaria del inmueble.

            El humillo del café con leche se evaporaba en figuras bamboleantes, retorcidas, a las que Julia intentaba atrapar entre sus dedos.
             -Sí que fue buena idea cambiar de piso, fue lo mejor para romper, necesitaba cambiarlo todo, volver a estar sola, con mi propio decorado -sonrió- y como hoy no tengo que volver al trabajo, cuando acabe contigo, voy a comprar unas cortinas preciosas, ya las tengo vistas. Pero cuéntame, me tienes en ascuas, ¿qué has descubierto sobre mi cuadro?
               -Descubrir, lo que se dice descubrir, nada sobre su autor, nada sobre su procedencia, pero...
              -¿Entonces?- se enfadó.
              -Espera, déjame. Te cuento: hemos conseguido hablar con el responsable del departamento de Impresionismo del museo del Louvre, monsieur Château.
            -¿Qué? ¿Quienes? -abrió sus ojos y su boca no dando crédito a lo que acaba de oír.
            Antonio Travelsano, prosiguió con toda naturalidad, como si contactar con el Louvre fuera una de sus actividades cotidianas.
            -¡Julia, mujer! déjame decirte. -ella resopló resignada y él prosiguió- Mi compañero, el decano de la facultad, conoce muy bien  al francés, son amigos, de manera que ha mediado en el asunto y sólo tuvo que hacer una simple llamada telefónica y tenía al habla al experto del Louvre. Le explicó que posees un lienzo que tal vez, sólo tal vez, puede tener un gran valor, que puede ser de Chabas y se ha interesado por el tema. ¿Por qué te digo tal vez? pues,  porque algo no encaja. Un pintor  de las características de Chabas no puede introducir en su lienzo esa escena tenebrosa del fondo: un fusilamiento. Ahí es donde tengo mis dudas sobre la autoría de la pintura. Los impresionistas lo llenaban todo de luz, a pesar de que a él se le considera anterior, según certifican los entendidos en el tema. Son peculiares de ese estilo pictórico, la escena donde juegan las niñas, con sus ropas sedosas, blancas, con sus brazos y piernas desnudos, con sus cabellos revueltos y agitados por una suave brisa; la mujer de la derecha metida en el agua del estanque dejando ver sus piernas y muslos a través de sus ropas mojadas; el hombre sentado en la ribera, que contempla a la mujer, extasiado,  complacido con tanta sensualidad, reflejando en su mirada el deseo de poseerla…
            -¡Venga ya! Te estás quedado conmigo, ¿todo eso ves, en mi cuadro? -sonrió suspicaz.
            -Sí, todo eso, y hay más. -Travelsano, aguardó unos instantes antes de continuar, buscaba un tono grandilocuente para realzar su revelación. -Al describirle la composición del cuadro, el técnico francés dijo que ese paisaje era real. ¡Existe!
            No pudo evitarlo. Al escuchar aquella afirmación, Julia, espurreó el sorbo de café que acababa de tomar, dejando la mesa, platos y servilletas, percudidos de gotitas de cafeína azucarada. Antonio Travelsano consiguió aturdirla, inquietarla, accionó todas sus terminaciones nerviosas, puso en alerta sus cinco sentidos, y mientras el hombre se levantaba en busca del camarero, el cual resolvería el desaguisado, ella permanecía con la taza enganchada en su dedo, traspuesta.
            -¿Julia?-le reclamó su amigo, preocupado.
            -¿Qué?-acertó ella a contestar.
            -Te has quedado muda y tiemblas, ¿tienes frío?, ¿nos vamos?

            -Sí. Vámonos. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Cap. 1

Julia tenía el día libre, uno de más.
          Por escrito y especificando las causas, había solicitado a su jefe, el cual era muy estricto con las normas, una jornada de asuntos propios. A regañadientes se lo autorizó, no sin antes recordarle su obligación de recuperar las horas perdidas. En aquella empresa, la última semana de cada mes, se destinaba al cierre contable, diligencia  inexcusablemente que no entendía de cuestiones privadas, sólo primaba la cuenta de resultados. Incongruencias de la vida. Ella, había conseguido vivir sin darle cuentas a nadie, sólo a sí misma, y ahora resultaba subyugada a un individuo cuyas miras estaban puestas en heredar el negocio. Le dijo al Sr. Lozano, así se llamaba su jefe, antes de cerrar la puerta del despacho tras de sí, que no se preocupara, el día treinta tendría sobre su mesa el tan urgente cierre mensual.
            No iba a trabajar, pero a pesar de ello, se acercó al centro de la ciudad y entró, en el incómodo barecillo, que esa mañana parecía aún más desangelado. Allí, ya por hábito, hacía un descanso en su quehacer diario para desayunar media tostada de aceite junto a una taza de leche, cuya blancura oscurecía con un poco de café, resultando una mezcla conocida como una manchada. La manchada nunca estaba a su gusto, siempre se la servían hirviendo, haciendo caso omiso a su indicación de que le añadieran un chorrito de leche fría.
            Las dos puertas de entrada al local permanecían abiertas, dejando pasar el húmedo frío del invierno y sus piernas  iban quedándose ateridas. Inconsciente, comenzó a frotarlas intentando que recuperaran  la temperatura corporal pero cejó en su intento. Era inútil tratar de entrar en calor  en medio de aquella corriente.      
            Enero seguía entrando sin permiso y helando también sus manos. Mientras, se fijaba en las caras de algunos de los asiduos clientes. Unos engullían tostadas y café, o zumos; otros, los solitarios, releían la prensa; los que iban acompañados, charlaban de banalidades. 
            Una vez más miro su reloj y comprobó que pasaban de las 9,45h. Molesta frunció el ceño y volvió la cabeza en busca de su amigo Antonio Travelsano, quién ya se retrasaba. Estaban citados.
            Travelsano era un profesor de Historia del Arte, restaurador y pintor, se lo presentó su compañera de trabajo Elena Terquillos. A ambos, a Elena y Antonio, les unía una buena amistad, tan buena que se diría era más bien íntima, porque en varias ocasiones les habían visto salir juntos del apartamento de él. Pero Elena se negaba a reconocer su relación, sin motivo aparente, y cuando se le preguntaba sobre su situación sentimental insistía: “¡Sólo somos buenos amigos!”
            Un cuadro era el motivo de aquella cita.
            Tres días antes, a una hora intempestiva, el profesor la llamó por teléfono. Le insistió:
            -Tenemos que vernos sin falta, pasado mañana. Tengo algo sobre tu cuadro y no me preguntes qué, sólo te lo diré cuando nos veamos.
            El cuadro le intrigó en exceso, a Travelsano, la tarde  que  ella lo invitó a subir  a su ático recién estrenado. Al entrar en el salón Antonio se quedó absorto frente al único cuadro colgado en la pared, único porque, dadas sus dimensiones, no cabía nada más.
            -¿Te gusta? -sonrió satisfecha.
            -¡Es magnífico! ¿Cómo lo has conseguido? -le interrogó sin dejar de examinar cada pincelada.
            -¿Yo? Yo no he tenido nada que ver, siento defraudarte. Era de mi madre, ella estaba prendada de la pintura hasta el punto de advertirme, una y otra vez, que no fuera a deshacerme del cuadro. Estuvo siempre en casa, así que ahí lo tengo, no he querido desobedecerla -guiñó uno de sus ojos -Además, me acostumbre a verlo y… me gusta –heló su sonrisa.
            -¿Sabes?, me recuerda a las pinturas de Paul Emile Chabas, un pintor francés preimpresionista- apuntó con un matiz vacilante, dudaba de la certeza de su alegato. Por la expresión de sorpresa que se dibujó en el rostro de su amiga, intuyó que ignoraba de qué estaba hablando y para no dejarla en evidencia prosiguió diciendo: -Claro que tú no tienes porque conocer a ese pintor. ¡Esas niñas jugando, son tan reales!..., sobre todo ésta, la que está lanzando al aire, ¿una piedra?...-titubeó.

            -No, no es una piedra, es una taba. Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero mi madre me contó en una ocasión que esas niñas están jugando a las tabas. Creo que tú conocerás el juego al que me refiero -él balanceó su cabeza afirmativamente y la dejó proseguir- Lo curioso, lo que a mí me llama más la atención es el  color de la taba. Fíjate -y se acercó al lienzo- aunque está deteriorado por el paso del tiempo, se aprecia su color rojo y brilla por una de sus caras, donde se refleja el sol, ¿lo ves? Me inquieta cómo se mantiene ingrávida, cómo se mantiene libre. Sólo la mirada de la niña hace posible que se sujete en medio de nada-. Su inseguridad, que en un principio la inhibió ante el licenciado en Arte, fue diluyéndose conforme sus palabras delataban la emoción que sentía al contemplar la obra.

domingo, 29 de junio de 2014

Prólogo

Por pura casualidad, a veces, nos llegan noticias, captamos imágenes, oímos historias. Cada una de esas informaciones, así, sueltas, sin conexión entre ellas, provocan una incertidumbre que nos hace reflexionar y buscamos donde acomodarlas, cómo quién coloca un mueble nuevo en una habitación ya saturada de objetos, hasta conseguir la ubicación perfecta. Y retrocedemos un paso, o dos, alcanzando la distancia oportuna que nos permite visualizar el conjunto y observar que el mueble ha quedado en su justo sitio. O por el contrario, después de examinar atentamente, comprendemos que por más esfuerzos que realicemos, por más que lo intentemos, no hay encaje posible.
              Esas primicias, de las cuáles uno es receptor involuntario -porque las recibes mientras viajas en metro y los pasajeros del asiento de atrás se hacen confidencias sobre infidelidades; o porque entre tanto desayunas en la cafetería, (aprovechando la media hora del descanso laboral), desde la caja tonta, el Noticiario de la mañana te pone al corriente de las guerras y sus miserias; o cuando tranquilamente, ya en la paz del hogar, echas un vistazo a la prensa y te entretienes leyendo los artículos que los periodistas tienen a bien insertar en sus columnas- como digo, esas vicisitudes, se van procesando en tu subconsciente, iniciándose una concienzuda elaboración de archivos que en el momento más inesperado comienzan a tomar forma, y como si de un gran rompecabezas se tratará se hacen conexos, unos con otros. Como un experto tejedor, urdes una trama que, aunque concebida por tu inquieta imaginación, muy bien podría ser real.
              Fue lo que me ocurrió a mí.
             A lo largo de mi escueta vida (digo escueta porque a pesar de ser ya cincuenta los años cumplidos, se me ha pasado en un soplo y me sorprendo cada día nuevo, sintiendo como un regalo, sus veinticuatro horas por vivir), he ido recolectando instantes de otros, de gente desconocida que adolece de nombre propio. Convencida de poseer un don divino fui creando a unos personajes a los que doté de vida, les insuflé alma, les di una identidad y los convertí en humanos.
            Mi pequeña Olivetti me hubiera acompañado en esta aventura si no fuera por el avance de la tecnología, que me obliga a tenerla postergada en el último anaquel de la librería, acariciándola muy de vez en cuanto, para despojarla de las molestas motas de polvo que en cuanto me descuido, la cubren. El uso de computadoras de última generación, que para más inri son portátiles, se ha impuesto. A este invento no se le enredan las teclas, corrigen tus tildes y con tan sólo un clic dejan un texto en perfecto estado de revista.
             Pues con estas premisas y con mí, llamémosle fantasía, quimera o entelequia, da igual, conseguí aglutinar unos excepcionales  ingredientes: 100 gramos de amistad, 200 gramos de ayer, 120 gramos de ternura, 150 gramos de deseo, otro tanto de vehemencia, tres cucharadas soperas de amor, una pizca de rutina y un pellizco de azar. Todo bien batido hasta conseguir una masa heterogénea. Al horno con ella, a no más de 200 grados.
              ¿Tiempo de cocción?  ¡Chi lo sà!  Ese dato no lo pienso desvelar.

              El pastel, ya está sobre la mesa. ¡Tengan ustedes buen provecho!