Entre
tanto esperaba, a ese nuevo personaje que invadiría su íntima rutina, decidió
romper la puerta del comodín de Adela Cabo. Su decisión era irrevocable. Los
acontecimientos de las últimas semanas: la madre muerta, el cuadro, el robo…,
lograron trastocar su pacifica existencia.
La extraña evanescencia del lienzo
activó sus neuronas, y empezó a espabilar la memoria, creyendo tener en ella,
almacenada, la respuesta correcta al dilema. La respuesta se hizo de rogar.
Cuando vendió la casa de sus padres,
después de la muerte de ambos, sólo pudo quedarse con algunos muebles. Su ático,
el cual medía ochenta metros cuadrados no daba para mucho, de modo que arrambló
con un sofá, dos sillones, la vajilla, el cuadro y el comodín. A este lo colocó
frente a los pies de la
cama. Era un mueble de caoba, con un inmenso espejo. El
tablero estaba protegido por una piedra de mármol rosa. Varios cajoncillos servían
para guardar desde unos zarcillos, hasta una peina para el pelo, pasando por
pulseras, broches…y hasta ese botón que algún día habría de volver a coser. Una puertecilla, en medio
de ellos permanecía cerrada bajo llave. La llave, nunca la localizó, tampoco
tuvo mayor interés en hurgar entre las cosas de su madre. Prefirió dejar la
puertecilla como estaba: cerrada.
Un jarrón de cerámica blanca, salpicado de flores azules,
presidía una de las repisas adosadas en los laterales. “No sé como puedes
tenerla ahí”, le dijo Elena Terquillos al enterarse de que el contenido del
jarrón eran las cenizas de la fallecida madre. “¿Y dónde ponerlas? ¿En el nicho
con los restos de mi padre? Jamás”, le respondió llena de ira.
Una odiosa sincronía, regía las ordenanzas
de la familia. El
desayuno a las siete de la mañana; el almuerzo a las dos de la tarde; la cena a
las nueve y media de la noche; a las once, todos a dormir, era necesario
descansar ocho horas para rendir durante la jornada venidera.
Los domingos quebrantaban las
reglas, estaba permitido quedarse en la cama un poco más: hasta las nueve. A
esa hora, Adela Cabo daba unos
golpecitos en la puerta del dormitorio de su hija, para abrirla luego y
acercarse hasta su cama. Dejaba dos besos sobre la frente de su pequeña y sentándose
junto a ella contemplaba su sueño. Un fugaz instante mágico que se evaporaba
cuando la niña entreabría los ojos y, desperezándose, le extendía los brazos
esperando ser abrazada.
Angustias, la criada interna de la
casa ya había vuelto de la
churrería. El olor a masa frita recorría el pasillo,
procedente de la cocina, y el borboteo del chocolate hirviendo en la marmita,
avisaba de que el desayuno estaba preparado.
A las doce en punto, la familia Alhamijo Cabo
escuchaba misa en la Catedral.
Más tarde, un paseo por el centro
de la ciudad (si hacía bueno) y regreso a casa para comer el exquisito arroz,
cuyo fondo se dejó listo la prudente chacha, a falta de echar los granos del
cereal.
Las tardes dominicales se destinaban a
visitar a los abuelos. En orden alternativo, un domingo unos, al siguiente los
otros. De este modo, todos tan contentos.
Y llegaba otra vez el lunes.
Julia, seguía el álveo decretado.
A veces bordeaba las orillas, sin llegar a desbordarse y retornaba al cauce,
convencida de que su forma de vida estaba libre de defectos. Hasta que un día
se despertó en medio de mil contratiempos, florecían como setas entre los altos
árboles de un húmedo bosque. Un bosque repleto de ideas opuestas, innovadoras,
transgresoras, que abrían su mente a conceptos tan desconocidos como atrayentes
y lógicos. Y descubrió los errores de sus mayores, y se atrevió a juzgarlos en
la soledad de su cuarto, y se prometió romper el molde con que la habían
creado, y se dedicó a forjar el suyo propio.
-¡Adela, esta niña no da más que
problemas!-refunfuñaba Don Lorenzo Alhamijo, apuntando a su esposa como única
culpable de la conducta rebelde de Julita- Siempre hace lo que le viene en
gana. Yo, con dieciséis años, obedecía sin rechistar a mi padre.
Y la no tan niña, al oírlo, arrugaba
su frente intentando estrujar sus convicciones y dar con aquella que
justificara los razonamientos paternos. Su búsqueda no daba resultados y
sintiéndose incapaz, se replegaba en un mundo que había construido a su medida,
donde él ya no tenía cabida.
Tantas normas, tantas
restricciones, tantos preceptos, la aturdían y era incapaz de discernir con
claridad los deseos de un padre que no la comprendía, que no la aceptaba y
pretendía hacer de ella un modelo de mujer, de esas que dóciles obedecían sin discusión, primero a sus padres
y luego a sus maridos. A ella, cuya obsesión era romper esquemas y conseguir valerse por sí misma, sin
depender de pensamientos ajenos, que necesitaba forjar los suyos propios; a
ella para quien era vital, el que cada día fuera realmente distinto, porque si
no, agonizaría en medio de la
mediocridad.
Luchaba por ello, fracasando en
cada intento y cuando dejaba sobre el regazo de su madre sus lamentos, ésta,
resignada le decía “La vida es así, no intentes tú cambiarla, no lo podrás
conseguir y sufrirás” ¿Sufrir? , nada de eso, seguiría en sus trece, contra
viento y marea.
Una y otra vez, Don Lorenzo Alhamijo se
estampaba en el muro inaccesible que su hija construyó a su alrededor. De tal
modo se le presentaba tan escarpado que para intentar salvarlo arremetía contra
su esposa. Sin embargo, Adela Cabo, simplemente se limitaba a oírlo en su
discurso absolutista y replicaba el alegato con una mirada de cretina sumisión,
para luego abandonar la presencia de su esposo ocupándose de sus quehaceres.
Julita siguió cortando hojas de
almanaque, donde tan sólo variaban los años, el diseño de los números y el
nombre propio de cada uno de los cientos de santos que conforman el reino
celestial. Y sin ser consciente, pasaron los años y una mañana al mirarse al
espejo contempló a un ser adulto, cuya alma seguía repleta de sueños.
El transcurrir del tiempo, no
transformó a Don Lorenzo Alhamijo, quien inalterable, continuaba siendo
disciplinado, extremadamente ordenado,
adusto, arisco y fanático intransigente.
-¿Qué va a ser de ti?- la estaba esperando, era ya
bien entrada la
madrugada- En esta casa hay unas normas que hay que cumplir.
Que no vuelva a repetirse, ¿me oyes? Además, deberías de cambiar de amistades.
No te conviene esa pandilla con la que te juntas, son mala compañía.
Ella tragaba saliva, había logrado
escapar de entre el revuelo que se organizó por culpa de la manifestación
estudiantil. Tuvo que esconderse con otros compañeros en un garaje particular
huyendo de la Policía
Nacional , la cual perseguía
a los manifestantes que tomaron las calles al grito de Libertad y
Democracia.
Mientras almorzaban, a los pocos
días de las revueltas, en el noticiario de televisión, ponían al corriente a
los telespectadores de lo ocurrido. Don Lorenzo, el único con potestad para
opinar, de los tres que se sentaban a la mesa, al oír la noticia de la
legalización del partido comunista, no pudo contenerse:
-¡Pero a donde vamos a llegar! Este
gobierno no sabe lo que está haciendo.
-Papá, ellos también tienen derecho
¿por qué no?
-¿Ellos? ¿Derecho? Derecho a qué. Ellos hundieron a España en la miseria, fueron los culpables de tantas
desgracias, tantas muertes. Gracias a grandes hombres, entérate niña, y con la ayuda de Dios, nuestra patria logró recuperar
su unidad, y ahora esos condenados, vagos redomados, vienen reclamando
derechos, legalidad…Esos, en lo único que piensan, es en ver la forma de no
trabajar y seguir cobrando- la increpó.
Apabullada, no entendía el
destello de las pupilas de su padre, que fijamente la miraban al pronunciar su
sentencia.
Eran ya demasiadas las situaciones
tensas entre los dos, tanto que cualquier suceso era motivo de enfrentamiento
entre ambos. La mayoría de las veces lo disculpaba, al reconocer la difícil
época que le tocó vivir. Otras en cambio, Julia, se rebelaba y discutía.
Aquella fue la definitiva.
-Pero papá, ¿tanto te cuesta admitir
que todos, sin excepción, tenemos derecho a tener nuestra propia opinión, a
elegir libremente a quién queremos que nos gobierne, a una vida digna con
igualdad de oportunidades? ¡Qué importan las ideologías! Es bueno que haya
diversidad de pareceres. Estamos cambiando, estamos en transición, el pueblo
quiere democracia, y está en cada uno de nosotros el conseguirlo. La tolerancia
es la virtud que nos hará ser un gran país- le exhortaba, pero él no atendía a
razones.
-¡Dios Santo, lo que hay que oír!
¿Qué sabrás tú? Todos esos argumentos que manejas no son más que un fraude,
desembocaran en un libertinaje, con el que se habrá de terminar con mano dura.
¡Estúpida! Infórmate primero de todo aquel que de verdad luchó por hacer de
nuestra patria una sola y libre- hablaba con tanta intensidad que parecía le
iba la vida en ello.
-¿Otra vez vais a discutir? -intervino la madre- Dejadlo ya.
-Adela, por favor, no te entrometas. Esta
conversación es entre tu hija y yo- interceptó la injerencia de su esposa y
prosiguió.
-No sé a quién has salido tú, a pesar
de que he puesto todo mi empeño en darte una buena educación, inculcarte buenos
valores, hacer de ti una señorita digna de respeto…A pesar de todo eso, he aquí
el resultado: mi hija ve con buenos ojos el regreso de unos parias comunistas.
¡Maldita sea!
Julia, esta vez, no
estaba dispuesta a claudicar.
-Ser intransigente, ser intolerante…
¿a eso le llamas tú buena educación? Lo siento, papá, pero por más que busco
esos valores, que dices haberme dado, no los encuentro. ¿Te atreves a decirle a
mamá que esta conversación sólo nos incumbe a ti y a mí? Pues venga, tengamos
de una condenada vez una conversación, si realmente eres capaz de mantenerla- temblaba
aferrada al tenedor.
-¡Julia, soy tu padre! A mí no me
hables así- sus mejillas se tornaron de rojo y su boca, rebosando de saliva,
escupía al gritar.
-Ya sé que eres mi padre, no estoy
discutiendo tu paternidad, lo que pongo en entre dicho es tu forma de ejercerla
sobre mí.
-No te voy a permitir…- no pudo
continuar, le cortó la inflexible mirada de su hija, armada de un valor que
desconocía poseyera.
-Sí me vas a permitir, me he ganado a
pulso tu permiso- Se volvió hacia su
madre, la cual se disponía a abandonar el comedor -Espera mamá, no te vayas. Tú
también formas parte de esta dichosa conversación, aunque papá opine lo
contrario.
Adela Cabo volvió sobre sus pasos,
obedeciendo la indicación de su hija, sentándose de nuevo a la mesa, con una de
tristeza perfilada en la transparencia verdosa de sus ojos.
Irremediablemente, la disputa
desembocó en una lucha verbal encarnizada, donde cada uno blandía su razón sin
comprender la del otro.
-¡Fuera, fuera de mi vista! ¡No
quiero volverte a ver! ¿Quién te has creído que eres, insensata?- le gritó a su
hija fuera de sí.
Julia abandonó el comedor, desalentada.
Impotente y muda, volvió su mirada hacia su madre, buscando un poco de
indulgencia, pero Adela Cabo no se movió, permaneció sentada ante su plato, meciéndose,
ausente, en silencio, clisada.
Aquella misma noche, Julia Alhamijo,
se instaló en casa de Elena Terquillos.
-Déjame quedarme contigo, será provisional. Mañana mismo me ayudas a
buscar un piso de alquiler.
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